SAKAKURA SENSEI

“La única diferencia entre el kempo japonés y el kenpo americano es que uno se escribe con “M” y el otro con “N”, no haga caso de lo que digan los envidiosos y los cobardes, siempre están tratando de hablar mal de todos”

Hace más 25 años escuché estas palabras del sensei Tsunanori Sakakura, uno de los más grandes maestros que conocí y de quién aprendí conceptos de honor, de justicia, de amabilidad y compromiso con el verdadero arte marcial, y con quien en largas pláticas comprendí la esencia del espíritu del Japón, “pensar con la cabeza y hablar con el corazón”, una de las frases más ilustrativas de un verdadero guerrero.

La fortuna de conocerlo a través de mi querido amigo Kasugisa Iwamoto me dio la oportunidad de acceder a un mundo desconocido, las comidas y reuniones entre maestros de arte marcial japonés estaban cargadas de un respeto que nunca había conocido, la fidelidad, la gratitud y el respeto no solo se enseñaban, en esas reuniones se respiraban esos principios fundamentales del Bushido, se vivía como auténtico artista marcial y no había quien rompiera el protocolo pues las envidias y recelos se dejaban fuera, o bien llegado el momento se arreglaban con combates a muerte, entre verdaderos guerreros no hay medios tonos, y así fue como tuve la enorme fortuna de aprender un poco de lo que hoy en día dirige mi destino y mi forma de pensar, duro y firme, y al mismo tiempo flexible pero irrompible, como el bambú.

Después de años de conocer al maestro le pedí con mucha vergüenza y respeto que diseñara los certificados de cinturón negro de mi escuela, escritos por Él en katakana y kanji, de su puño y con tinta y pincel, y frente a mis ojos dedicó horas y horas a escribir aquel documento que era la demostración del cariño que me tuvo y que jamás podría pagar con nada, y así nació mi pasión por aprender las hermosas formas de la escritura oriental y de la acuarela, gracias a este maestro que nos acaba de dejar, pero que no se ha ido porque su enseñanza sigue viva en algunos que sabemos apreciar el valor de su legado.

Muchas anécdotas llenarían el vacío que hoy sentimos por su partida, hermosas historias que vivimos junto a Él con respeto y que ilustraban su carácter duro e intransigente cuando de honor se trataba, no se rompía nunca, fuimos testigos en un par de ocasiones de sus ganas de quitarse el saco y salir a pelear para dirimir una diferencia, momentos de valor que atesoramos como el ejemplo de lo que es un verdadero peleador, por esto nos acercamos y solicitamos en algún momento aprender de su estilo y terminamos participando en el rudísimo estilo de competencia de su escuela donde entre los momentos más memorables fue una pelea con el gran maestro Vilsaint Occean y con otros con quien tuvimos  combate brutal que nos ganó el respeto de muchos en la escuela y que independiente del resultado fue el principio de una gran amistad con el maestro Occean que hasta la fecha sigue, y que después de décadas nos trajo una experiencia hermosa cuando un muchacho se nos acercó en cierta ocasión y nos preguntó ”usted es el profesor Enrique?, usted peleó con mi papá, soy hijo de Vilsaint”, la historia se escribe a golpes, pero se recuerda con sonrisas.

Pero la más grande de mis anécdotas personales fue una ocasión en que este grupo de japoneses me invitaba a sus reuniones donde el único mexicano era un chamaco de menos de 30 años tímido y abrumado por tal deferencia de los maestros, y una de las reuniones el maestro Sakakura se levantaba llamando a mi amigo Iwamoto con quien llevábamos muchos años haciendo negocios, los dos vinieron y en una significativa ceremonia me entregaban una placa que tenía escritura en japonés y en español decía “primer samurái mexicano”.

Las emociones de tal suceso aún las tenemos presentes en el corazón, mucho más que cualquier campeonato o trofeo, el reconocimiento recibido de gente tan grande no tiene valor y lo sigo atesorando tanto que jamás lo hice público pero hoy lo doy a conocer, mi insistencia en la rectitud para los negocios y mi obsesión por llevar el arte marcial con el honor que me enseñaron los maestros rindió frutos en ese reconocimiento en mi juventud, más valioso que tener veinte rayas en la cinta, no más que un apretón de manos de un gran maestro que ya desde hoy estamos extrañando, gracias maestro por los favores recibidos y por toda la enseñanza que sigue vigente, porque mientras sus consejos se sigan llevando en esta escuela su nombre jamás será borrado de los hombres que hacemos arte marcial de verdad tal y como usted lo mostró, hasta siempre.

Domo arigato gozaimasu sensei.

 

septiembre 9, 2017

Etiquetas: ,

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *